Estábamos acostados sobre su cama, nos mirábamos con amor, con ternura, pero nosotros no jugábamos ese juego. El romanticismo no era una práctica divertida para nosotros, al menos no en la cama.
Abrió el ropero y sacó una corbata color ocre, me miró fijamente y no me preguntó, ató mis muñecas con mucha fuerza y comenzó a penetrarme, intenté desatarme, pero no podía, lo mordí y entonces ese juego se tornó más intenso...
Llegamos al clímax. Increíble.
Cada día que pasaba caíamos en la cuenta de que nuestra mente trabajaba al mismo ritmo, estábamos tan conectados que no hablábamos, hacíamos.
Pero un par de cachetadas y una corbata no lograban satisfacer a nuestros cuerpos...
Íbamos por algo nuevo, todos los días y no conocíamos de límites.
viernes, 8 de noviembre de 2013
Escena quinta
Dos meses después. Sus besos aún tenían el mismo efecto sedante, excitante, nada había cambiado entre nosotros. Tocó a mi puerta, llevaba un traje oscuro, atractivo, de repente me entregó una carta y un anillo ¿Qué estaba pasando? ¡Sí! Emocionada.
Sus manos rodearon mi espalda y sus labios penetraron en mi piel.
Todo sucedía tan rápido, como en esas noches donde el alcohol y las luces te superan y de repente estás en tu cama de nuevo, todo parece un sueño, pero el cuerpo indica lo contrario.
Todo sucedía tan rápido, como en esas noches donde el alcohol y las luces te superan y de repente estás en tu cama de nuevo, todo parece un sueño, pero el cuerpo indica lo contrario.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

